Una nueva dimensión tecnológica ha redefinido los límites del trabajo en equipo y ha logrado expandir sus bondades al mundo entero sin importar los husos horarios.

Hoy, la clave para el funcionamiento de estos equipos es la alta especialización de sus integrantes. Su éxito, producto neto de la colaboración y la capacidad de sus miembros para establecer relaciones exitosas entre sí, la confianza mutua que lo consolida.

La tecnología juega un papel destacado en este modelo, ya que de ella depende el desarrollo de comunicaciones fluidas entre personas y equipos distantes, una gestión documental fiable y el acceso a los mismos elementos de trabajo a todo el mundo. Gracias a esta, el paradigma colaborativo tomó fuerza y, a partir de sus herramientas, se llegó más lejos, en menor tiempo y respondiendo de manera más creativa a los desafíos.

La colaboración es un agente multiplicador de talentos ya que una idea aportada por una persona del equipo despierta la chispa de la creatividad de los demás.

El verdadero desafío: la calidez humana

Uno de los puntos negativos de esta modalidad es que se produzca “una excesiva deshumanización del equipo”, algo que sucede cuando en las comunicaciones entre sus miembros tiene mucho más peso el componente operativo, los resultados y procesos antes que el emocional.

Frente a esta situación, es la organización quien debe tomar “el toro por las astas” y ofrecer una infraestructura para que ese encuentro humano se produzca. De lo contrario, se hablará de meras islas de autogestión y no de un verdadero equipo de trabajo.

El líder, figura indispensable

La tecnología no resuelve todo. Al igual que ocurre con los equipos de trabajo convencionales,  comunicación fluida, responsabilidad individual y compromiso con el grupo son elementos imprescindibles para el éxito del proyecto. Es en dicho momento que la figura del líder emerge y se convierte en una bisagra entre el éxito y el fracaso.

En este paradigma, el líder debe ser al mismo tiempo coordinador y motivador de su equipo, ya que debe dirigir a personas que no se conocen físicamente y que requieren habilidades especiales. Además, implica asegurarse de que tanto los objetivos como el trabajo a realizar sean entendidos de forma muy clara por todos los miembros del equipo, poniendo especial atención en las posibles diferencias culturales de sus colaboradores.